La identidad cultural del país es un tema estratégico. José Weinstein


15 junio, 2020 Por antenna

En Visiones Compartidas
15 junio, 2020
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Por antenna

El desarrollo con la finalidad de más desarrollo no es otra cosa que un círculo vicioso, que en su descuido atenta en contra de los valores más preciados del ser humano. Mientras más culta es una sociedad, más firmes son sus principios democráticos.

José David Weinstein Cayuela (1959) es investigador, sociólogo, consultor y político. Su trabajo ha estado ligado desde siempre a la cultura y particularmente a la educación llegando a ser, entre marzo de 2000 y marzo de 2003, subsecretario de Educación del Presidente Lagos. Este texto fue escrito por el autor para la publicación «Cultura, oportunidad y desarrollo» del año 2010, llevado a cabo por el Consejo Nacional de las Culturas y las Artes. La publicación en nuestro Blog será realizada en dos etapas.

Cultura y Libertad

Sabemos que el éxito de nuestro proceso de desarrollo depende en buena parte de que seamos capaces de mejorar la calidad de nuestra educación, adecuándola cada día mejor a nuestra realidad y permitiendo así desplegar a nuestra sociedad y sus habitantes todas sus potencialidades.

Se trata de una necesidad ineludible desde que hemos entrado en la modernidad y, especialmente en la modernidad tardía en la que nos encontramos, en una sociedad que evoluciona constantemente, que se basa en una economía del conocimiento y que requiere de una amplia e informada participación de toda la población para su adecuado funcionamiento.

Sin embargo, ha primado un tipo de educación que si bien es coherente con este modelo en lo económico, no satisface plenamente las exigencias humanistas y culturales, lo cual matiza sus resultados y, en ocasiones, genera crisis de sentido. Esta educación busca una rápida eficiencia en todos los planos, y en sus formas más peligrosas tiende a presentar características pragmáticas muy discutibles.

En este esquema, la cultura y el humanismo aparecen postergados, como si hubiesen perdido importancia frente a las exigencias de una formación dirigida exclusivamente hacia lo práctico. Pareciera ser que hemos olvidado las enseñanzas que nos dejaron las catástrofes históricas del siglo XX, en las que parecía ya conquistada la necesidad de defender la cultura y de unirla a la educación como la forma más eficaz de defender la libertad.

La propia Gabriela se encargó de recordarnos esta importancia de la cultura en las sociedades modernas. Ella nos dice:

“En el gran tema de la Libertad, la rama de la cultura resulta ser no sólo importante sino vital. La pérdida de ella representa una especie de parálisis no sólo en el Estado, sino en la vida de cada ciudadano.”

Por eso, recordando la violencia del nazismo y adelantándose en la denuncia del desprecio a la cultura que nuestro propio país iba a sufrir años después, se preguntaba: “¿Qué significaba ese rencor, esa rabia furiosa que no respetó escuelas, museos ni bibliotecas? Muchos creímos que los hogares del libro, más las universidades, quedarían indemnes, pero se trataba de una locura vertical de naciones, incluso cultas, y de ese borrón de la memoria en que caen los jefes insensatos. Supimos desde entonces, y supimos para no olvidarlo más, lo que representan las estanterías de nuestras bibliotecas, la santidad de nuestros templos, y el tesoro sin apelativos de la libertad humana.”

Por eso, ella misma nos muestra la importancia de preservar y proteger la libertad a través del desarrollo de la cultura:

“La Libertad no es ni debe ser una especie de cualidad o de lujo que se puede poseer o no poseer; no es eso, no. La Libertad es sencillamente una función tan vital como la respiración, y cuando ella falta o desaparece, los organismos que llamamos ciudades o Estados degeneran y a veces mueren. Todos recibimos honra y alegría a causa de la Libertad, porque su bien, como el sol, a todos enriquece y beneficia”.

Sabemos que la defensa y la expansión de la cultura son vitales para mantener la libertad, pero no hemos sido aún capaces de inventar una educación que se oriente decididamente hacia estos fines en este desconcertante y sorprendente siglo XXI.

 Identidad, nación y globalización

Gabriela subraya la relación de esencia entre cultura y libertad, pero no olvida que cuando hablamos de cultura estamos necesariamente hablando del ámbito en el que nosotros somos capaces de reconocer y expresar lo que somos y hemos sido.

La cultura es el factor primordial de nuestra identidad, que no sólo tiene que ver con esas formas típicas y tradicionales de mostrarse como son nuestra artesanía, nuestro folklore, nuestra poesía, sino con esa inmensidad de factores en los que constantemente nos reconocemos: nuestro paisaje y nuestra historia, nuestra particular forma de hablar el idioma, nuestras costumbres y mitos nacionales, nuestro humor y nuestras fiestas, nuestros valores y nuestras carencias, y todo aquello que nos da nuestra particularidad como país y como pueblo.

Esta afirmación de nuestras particularidades es a la vez apertura hacia la universalidad que nos une a todos los demás seres humanos, pues la cultura es el ámbito donde todos nos encontramos, donde todos nos reconocemos iguales y diferentes a la vez, el ámbito donde descubrimos la esencia de la humanidad y su trascendencia y donde nos respetamos los unos a los otros.

La identidad cultural del país es un tema estratégico. Por eso debemos revisar la forma en que, como nación en el mundo globalizado, somos capaces de tener una identidad propia, fuerte, que nos haga distintos al resto del mundo y también que sea reconocida por nuestra propia población.

Hay aquí un desafío cultural mayor para este Chile que se ha globalizado desde el punto de vista económico y crecientemente político, que juega roles de liderazgo a nivel continental, que firma tratados de libre comercio, que tiene una economía que descansa crecientemente en su relación con el mundo, que tiene relaciones de movilidad de su población, que se ha digitalizado y ha aumentado drásticamente su contacto con el exterior.

Debemos tener en cuenta que lo que se está globalizando en el mundo nunca es una “cultura global”. La cultura global no existe. Lo que existen son culturas específicas que se globalizan, que adquieren hegemonía en el mundo, como ha ocurrido desde la época griega y romana

Una cultura que tiene una localización concreta que se expande en el mundo, que empieza a ser hegemónica, difunde su idioma, su modo de vestir, y su alimentación. Es esa cultura particular la que se globaliza y de la que se apropian los distintos países. Y ese es precisamente el movimiento de homogeneización cultural que estamos viviendo hoy.

En esta globalización de la cultura tenemos que darle un fuerte impulso a nuestra propia identidad cultural, si es que queremos realmente tener fuerza como país. Si hay un primer desafío hacia fuera de nuestras fronteras, hay otro hacia dentro: lograr que nuestros ciudadanos tengan este sentido de identidad cultural.

Esta identidad no es una suerte de esencia que se encuentre en nuestra historia, ni muchísimo menos en cualquier tipo de raza o ese tipo de alocadas teorías del pasado. Pero sin duda que tiene que ver con una distinción desde el punto de vista de la nación que se construye en base a la historia, la geografía, las costumbres y que está, de modo permanente, en construcción. Es una identidad que tenemos que seguir forjando y no sólo verla de una manera esencialista como la sola recuperación de un pasado pretérito que sería el alma nacional.

Las artes y la construcción de identidad

El poeta es, como lo afirma Nicanor Parra, “la voz de su tribu” y es en la palabra poética donde se resuelve el problema fundamental de la cultura: el problema de la identidad.

Es falsa la idea de que Chile es un país sin identidad. Eso no existe, ni puede existir. La patria refiere a nuestra pertenencia y esa no se resuelve en cuestiones de orden administrativo, sino en la lealtad con que arrastramos con nosotros el mundo en el que hemos nacido y al que nuestra memoria colectiva reconoce como propio.

Retrocediendo hacia nosotros mismos, es como reconocemos nuestra identidad. Tal vez seamos un país que no ha sido aun capaz de reconocer en toda su riqueza su propia identidad y una causa de ello podría ser que nos hemos buscado mal, poniendo los ojos fuera, en lo cosmopolita que hay en nosotros, en lugar de dirigirlos hacia adentro, hacia el terruño y su propio universo cultural.

En las grandes creaciones artísticas arraigadas, como la de la Mistral, se cristaliza de manera inmediata nuestra identidad como nación. Porque cuando algo queda dicho, adquiere una apariencia diferente, no es que la palabra lo haga existir, pero sí lo hace emerger ante nuestra mirada, aunque el acontecimiento ya haya dejado de ocurrir hace tiempo.

De modo que en la palabra poética lo que aparece finalmente somos nosotros mismos, nuestro mundo y nuestras costumbres. Esta labor reveladora es tan decisiva, que si ella no existiera andaríamos como sonámbulos en nuestra propia tierra.

Lo que nos enseña Gabriela es que los artistas, a través de sus obras, como en un espejo, nos van mostrando cómo somos, dónde estamos, de qué vivimos, qué nos importa, qué veneramos, qué despreciamos, hacia dónde nos dirigimos.

Por eso, la cultura, en este sentido artístico, es uno de los elementos constantemente fundadores de nuestra identidad y esa es la razón fundamental que explica por qué la cultura necesariamente nos une, teje ese lazo invisible entre nosotros que hace que la palabra Chile tenga un sentido y una significación precisa, quizás no en nuestra cabeza, pero sí en nuestros sentimientos y subjetividad.

La segunda parte de este texto será publicado bajo el Título Cultura y Educación.