La Cultura y las Artes: territorios de bien común


28 abril, 2021 Por antenna

En Visiones Compartidas
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Por antenna

«Para construir una sociedad igualitaria, empática y feliz, es necesario relevar el rol de las culturas, las artes y el patrimonio»

Columna sobre arte y cultura por: Fernanda Castillo


Estamos a pasos de un momento primordial en la definición de la ruta que seguirá nuestro país y que esperamos marcará positivamente la vida (y la calidad de vida) de nuestro presente y futuro.

Lo anterior no puede estar ajeno a la relevancia de lo que las culturas, las artes y el patrimonio aportan al desarrollo sostenible-sustentable, a la dignidad de personas, comunidades y territorios.

En nuestra actual Constitución se asegura:

– “Estimular la investigación científica y tecnológica, la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación”.

– “La libertad de crear y difundir las artes, así como el derecho del autor sobre sus creaciones intelectuales y artísticas de cualquier especie, por el tiempo que señale la ley y que no será inferior al de la vida del titular. El derecho de autor comprende la propiedad de las obras y otros derechos, como la paternidad, la edición y la integridad de la obra…”

– “La administración superior de cada región reside en un gobierno regional, que tendrá por objeto el desarrollo social, cultural y económico de la región”.

– “Las municipalidades son corporaciones autónomas de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio único propio, cuya finalidad es satisfacer las necesidades de la comunidad local y asegurar su participación en el progreso económico, social y cultural de la comuna”.

Podrán constituir o integrar corporaciones o fundaciones de derecho privado sin fines de lucro cuyo objeto sea la promoción y difusión del arte, la cultura y el deporte, o el fomento de obras de desarrollo comunal y productivo”.

La actual Constitución sin duda no incorpora -en estas materias- de manera profunda las diversas capas de los procesos sociales y –culturales- que vivimos en la actualidad.

Un claro ejemplo de ello es que no se contempla el derecho básico a la cultura (acceso y participación como conformación de imaginarios y construcciones simbólicas), tampoco incluye a las comunidades, los pueblos indígenas, ni pone atención a las identidades, la educación artística, los derechos sociales y de salud de artistas, cultoras (es) y creadoras (es)-, es decir, el amplio espectro de trabajadoras y trabajadores culturales.

El rol de la cultura para las sociedades

Ante ello cabe preguntarse qué rol debiera cumplir la cultura en una sociedad que sufre profundas desigualdades, donde prima la visión mercantilista del cotidiano, y donde poco espacio se les da a los aprendizajes significativos, a los procesos más que a los resultados, al valor simbólico del arte y los artistas, entre muchos otros temas que ya todos (as) bien sabemos.

Pasando a la práctica y al rol articulador del Estado, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio deberá asumir un rol esencial en este proceso. Ya cuenta en su ley con varios de los principios rectores que precisamente faltan en la actual constitución, sin embargo, es importante revisar nuevamente y potenciar aún más su rol articulador y mandante; revisitar las leyes sectoriales, los programas y sus diseños, con el fin de actualizar la mirada administrativa, modificar normativas y contenidos que funcionaron para un tiempo y un contexto que distan de la actualidad y, por supuesto, ampliarlas participativa y territorialmente, para seguir la ruta que la nueva carta magna decrete.

Qué debemos cambiar

Un ejemplo muy comentado en el sector cultural es el cambio de la lógica concursable a un financiamiento sustentable no “fondarizable”, donde prime la confianza y el respeto por el trabajo artístico y patrimonial.

Asimismo, es necesario hacer una revisión de los modelos de financiamiento en las comunas y localidades, donde muchas veces los recursos son escasos y sujetos a decisiones (y sesgos) políticos locales.

Por otro lado, surge la necesidad imperiosa de una nueva ley de protección a los artistas y creadores, donde puedan trabajar dignamente sin tener que sufrir pensando en las diarias volteretas para poder vivir el presente y el futuro.

Necesitamos salvaguardar y proteger la libertad de expresión sin lógicas excluyentes sea por género, pueblos indígenas, comunidad, lugar de origen, diferencia sexual, etc.

Finalmente, debemos incorporar nuevamente la educación artística y patrimonial en el currículum escolar (existe un sin número de estudios que dan cuenta de los aspectos positivos del arte en el aprendizaje desde la primera infancia hasta el fin del desarrollo estudiantil).

Es necesario detenerse en la importancia que revisten las políticas culturales (nacional, regionales y sectoriales)

Sería de toda lógica que, una vez se redacte la nueva constitución, se comience un nuevo proceso de elaboración participativa de estas políticas, donde la sociedad en su conjunto sea invitada a proponer (más allá de trabajadoras y trabajadores culturales y patrimoniales) una hoja de ruta concreta que mandate a la institucionalidad y sus autoridades, y donde cada objetivo y meta sea medible en el tiempo de manera vinculante y clara. De esta manera podremos poner en marcha los importantes desafíos que se avizoran.

Demás está decir que toda idea y propuesta incorporada al nuevo documento, si no está resguardada por un proceso ampliamente participativo y de puesta en marcha en que todas las instituciones públicas estén coordinadas y donde la modernización del Estado sea uno de los principales objetivos, seguramente convertirá este proceso será un acto fallido, un camino que se verá trunco como muchos otros.

En definitiva, para construir una sociedad igualitaria, empática y feliz, es necesario relevar el rol de las culturas, las artes y el patrimonio como entes simbólicos muchas veces no tangibles que se adelantan a las estructuras sociales y sus problemáticas. Porque son un territorio de bien común, aquel que tanto hemos perdido.

Este es un artículo de opinión escrito por Fernanda Castillo, publicado el 12 de abril de 2021 en el Mostrador

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